"Si me buscas, estaré detrás de el último"
Serán cantos incrustados en mis entrañas, los que han abatido a este navío sin tripulantes, a este colofón sin perdices...
Nunca es demasiado tiempo para un fracasado como yo, para un imbécil que solo vive de nuncas.

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sábado, 2 de junio de 2012

Un andaluz en Cataluña

Cada año por Junio la trilla atraía a los temporeros andaluces, mano de obra barata, que eran contratados a través de otras personas que ya habían estado allí con anterioridad y la referencia era imprescindible para ser contratado.
Corría el año 1960, éramos una cuadrilla de diez hombres; nos contrataron para realizar todas las tareas que requería la máquina segadora. Nuestro equipaje consistía en una muda y el dinero justo para el billete del tren que cogíamos en Málaga. A uno de los componentes de la cuadrilla le robaron el dinero que llevaba para el billete mientras dormía por lo que entre todos tuvimos que pagárselo quedándonos sin blanca.

Llegamos al pueblo catalán, nuestro destino. Una vez allí nos comunican que la máquina no empezaba a funcionar hasta quince días después; lo que nos obliga a buscar otro trabajo por los alrededores para poder subsistir en un lugar desconocido sin dinero, sin comida y teniendo como único techo el pajar que nos fue asignado por el que nos contrató.
La respuesta de los payeses a nuestra petición siempre fue la misma:<>. Así que no tuvimos más remedio que vagar por los campos y alimentarnos con lo que íbamos encontrando en las tierras colindantes.

Después de estos quince largos días, nos pusimos muy contentos ya que la jornada de doce horas de trabajo por fin empezaba. El trabajo con la máquina solo era de lunes a viernes; los fines de semana trabajábamos en las tareas agrícolas con los payeses a cambio de que nos dieran la comida y nos lavaran la ropa.

Cuando se acabó la temporada del trigo, algunos de nosotros nos quedamos en Barcelona y yo fui uno de ellos, tuve suerte, estuve tres meses más yo solo en una masía; por recomendación del dueño de la máquina a otro payés. En este nuevo trabajo tenía mi propia cama, ropa limpia y comía en la misma mesa que la familia, era uno más entre ellos, aunque el trabajo seguía siendo de sol a sol y solo, día tras día.
La familia tenía tres hijas y la mayor era la “puilla”, es decir la heredera, porque las masías eran arrendadas y solo podía transmitirse del padre al hijo o hija mayor. Me gané la confianza y el respeto de ellos; me ofrecían un coche y parte de las tierras arrendadas a cambio de que me quedara allí y me casara con Juana (la hija mayor).
El acoso llegó a tal punto que me registraban mi maleta y leían mi correspondencia, llegando incluso a dejar de pagarme para que me quedara a la fuerza. Al final tuvo que intervenir el dueño de la máquina para llegar a un acuerdo y mediar para que pudiera volver a casa.
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Una historia más, de los muchos que como mi abuelo; tuvieron que irse lejos para trabajar. Esto fue hace 52 años, que pena que ahora no parezca algo tan lejano... 
Gracias abuelo, por contarme tu historia.

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