Cuántas ganas de volver a mi pueblucho. Con mis gentes, mi comida, mi cama, mi agua caliente (y no helada o ardiendo), y todas las comodidades que solo te puede ofrecer tu casa. También necesitaba conectarme a Internet y salir de esa burbuja que solo es capaz de crear un crucero y volver a la rutina. No sabes qué hora es, si toca almorzar o cenar; ni qué día de la semana es, ni si quiera en qué país te encuentras hoy. Es un descontrol enorme. He tenido mucho tiempo para leer, jugar al ajedrez, salir de fiesta, no dormir nada, bailar hasta que mis pies decidieron quedarse pillados literalmente, ponerme malísima, cansarme de los cócteles, hartarme de comer, escribir, andar, asombrarme, tener conversaciones muy interesantes; pero sobre todo, mucho tiempo para pensar. Sobre todo y nada a la vez. Tiempo para decidir y coger impulso.
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Agua y aceite
Sabía que ya no había más sueños que apagar, ni más luces que soñar. Los minutos que marcaban su vida juntos se habían esfumado. Convertidos en ceniza, tras el último cigarro del día. Tras las últimas gotas de rocío; tras el último haz de luz que iluminaba sus ojos. Ya no habrá más discusiones a la hora de cenar, ni más música que escuchar cuando el silencio duela hasta sangrar. No habrá más vacíos que rellenar o expectativas que cumplir. Se acabaron las noches en las que él era su ancla en un mar, donde no hay más seguridad que la de estar parado. Terminaron los reproches y fracasos que hacían de despertador.
Descubrió que no había más tranquilidad que la de caminar sobre los pies de uno.
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