El 4 de marzo de este año fui a la casa del
jefe sin ninguna razón aparente y me recibió su mujer, me invitó a pasar como
buena anfitriona y me sirvió una taza de té, charlamos del tiempo y del mundo
en general, una bella y educada señora. Ese burro no se merecía a una mujer así. Se nos echó la noche encima y salí corriendo de allí antes de que el
jefe volviera de cazar. A la semana siguiente el jefe me mando a llamar a
última hora, ya se habían ido todos. Me metí en su despacho y con la mandíbula
apretada me dijo:
-Ignacio, ¿estuvo el día 4 en mi casa?- asentí con la cabeza
- ¿estuvo con mi mujer?
-Pues claro jefe, era la única que estaba en su casa. –su cara
de excreción iba aumentando.
-Ahora necesito que me explique lo que pasó entre mi esposa y usted.
Su cara se fue tornando roja y el sudor de su
frente corría ya por su cara, estaba disfrutando tanto viéndolo así… Creo que
vio mi incipiente sonrisa y por eso no me dio tiempo a reaccionar cuando cogió
el lapicero y me lo lanzó a la cara. Le maldije en voz alta y se vino hacia mí, me pegó un puñetazo en la nariz; hasta aquí había llegado, cogí una piedra
que utilizaba como pisapapeles y le golpeé con todas mis fuerzas en la cabeza,
calló al suelo y todo su peso al caer hizo que pareciese como si una pared de
ladrillo y cemento cayera desde una altura de dos metros. Me reí y entonces
comprendí que podía estar muerto, me guardé la piedra en la chaqueta y salí de
la oficina con total normalidad. Fui a mi casa cené y entonces pensé en las opciones que tenía. Sí, lo había decidido, me haría monje en el convento que hay a
unos 40km de Rojas. Así que me metí unas
cuántas magdalenas en la boca, cogí las llaves y me puse a conducir hacia el
convento.
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