Una nube de humo se tragó su realidad y lo arrastró hasta la habitación de un hospital. Allí sentada en una silla, escuchaba cómo el médico le decía que sus riñones estaban fallando y que necesitaba urgentemente que se le hiciera una diálisis; que mientras se la hacían notaría cómo se iba quedando sin fuerzas y que no podría hablar. Y así fue, ella sentía cómo su sangre iba abandonando su cuerpo; pero no la que entraba. Se quedó en un estado semiconsciente donde en su cabeza su cuerpo se movía según sus órdenes, hablaba e incluso corría escaleras arriba. Subió hasta la terraza y se encontró a una monja. Se acercó a ella lentamente hasta que llegó a su lado y le preguntó que si estaba ella enferma también. La monja la ignoró. La miró detenidamente y vio que no se movía ni parpadeaba; solo miraba al horizonte con una expresión relajada y sentada en una silla. Blanca fue a por otra silla y se dio cuenta que en ese nuevo estado era mucho más rápida, mucho más fuerte... En una fracción de segundo consiguió colocar una silla a su lado. Intrigada, comenzó a hacerles preguntas; seguía ignorándola. Sin embargo, una pregunta la hizo parpadear. Blanca casi gritando le recriminó:
-Si Dios es tan bueno, tan misericordioso y justo; ¿por qué deja que enfermamos?¿por qué hay tanta desigualdad?¿por qué la vida es tan injusta?¿por qué?
Cansada de la apatía de su inesperada compañera, se levantó muy indignada. Cuando estaba abriendo la puerta para irse, la monja le dijo:
-No lo sé, hace tiempo que tampoco veo a Dios por ninguna parte. Creo que la fé nunca me inundó y que fui yo la que me engañé al creer que él me hablaba. Supongo que en ese momento necesitaba creerlo así, pero ahora solo veo lo poco que he vivido, lo mucho que me he perdido; por cobardía.
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